La Vida Ascética
S. S. Juan Pablo II, expresó de manera clara, en la exhortación Apostólica, Christifideles Laici, dirigida a los laicos, lo siguiente: “El Concilio Vaticano II ha pronunciado palabras altamente luminosas sobre la vocación universal a la santidad… Esta consigna no es una simple exhortación moral, sino una insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia.”
Los que formamos parte de la Misión de la Virgen del Rosario del Pozo, hemos querido hacer nuestro este pedido universal y participar, de manera activa, en el misterio glorioso del cuerpo místico de Jesús, buscando, como miebros laicos comprometidos, la santidad propia y la de los demás.
Nuestro compromiso radica en “imitar a Cristo Nuestro Señor” y a pesar de nuestras limitaciones y debilidades humanas, buscar insistentemente el crecimiento del espíritu. Nuestro Señor Jesucristo, caminando hacia la muerte en la cruz, padeciendo todo este dolor por amor a los hombres y por su salvación, nos muestra el camino para lograr este propósito. La Iglesia, siguiendo el ejemplo de Nuestro Salvador, nos propone como herramientas: la oración, la penitencia, el sacrificio corporal, el ayuno y la abstinencia, la mortificación de los sentidos y de manera especial, la práctica de las virtudes, aunado a una intensa vida sacramental.
Todas estas prácticas tienen un propósito bien claro, que es llevar el amor a Dios y a los demás, ofreciéndolas por la conversión y salvación de las almas. Además, nos ayudan a frenar nuestras debilidades, malas inclinaciones, vicios y pecados, haciéndonos más fuertes ante las debilidades, sobre todo las de la carne; todo esto, como un medio de acercarnos a la auténtica y verdadera santidad, a la cual todos estamos llamados.
Estas prácticas no tienen su fin en sí mismas, sino que el fruto de la gracia que se obtiene de estas, es compartido en la búsqueda de la conversión de los demás con un apostolado firme, constante y diligente, siempre vivido en la alegría sin fin, pese a la cruz y el sufrimiento.
La Iglesia reconoce estas prácticas, pues en los altares vemos incontables ejemplos de personas que las llevaron a cabo durante su vida; hombres y mujeres que se entregaron a Dios de manera absoluta, abrazando la cruz con infinito amor.
Dice SAN FRANCISCO DE SALES: “Nunca podrá levantarse hasta Dios un alma si la carne no está reprimida y mortificada”. (“El que quiera venirse conmigo” de San Alfonso Ma. Liborio, Apostolado Mariano, 1987, P. 14.
“El cilicio, las disciplinas, la cadenilla, los ayunos y abstinencias, la escasez del sueño y otras austeridades por el estilo, han sido practicadas por todos los santos; y en mayor o menor escala, según las fuerzas y disposiciones actuales, tienen que practicarlas todas las almas que aspiren seriamente a la santidad”. (“Teología de la Perfección Cristiana”, P. Antonio Royo Marín, O.P., P. 338).
La Iglesia nos propone imitar la vida de los santos y, entre ellos, tenemos infinidad de ejemplos que nos invitan a practicar la vida ascética: Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres, Santa Rita de Casia, San Francisco de Asís, San Juan María Vianey, San Pedro de Alcántara y muchísimos más.
En la Misión entendemos que para alcanzar esta santidad, a la cual todos estamos llamados, necesariamente requerimos ejercitarnos en estas prácticas. Algunas de las que se realizan en la Misión son:
El ayuno y abstinencia los viernes, así como en otros tiempos litúrgicos, como la Cuaresma y el Adviento.
Rezar del Santo Rosario de rodillas todos los días y cada miembro comprometido, a su elección, va introduciendo el hacerlo con algunos sacrificios.
Bañarse con el agua fría.
Mortificar el gusto con lo que a cada quien le cueste.
Dormir sobre el piso o una tabla de madera.
El frío o el calor, como un medio de mortificar el cuerpo.
En algunas ocasiones especiales, se han hecho algunas otras prácticas ascéticas, como un medio de purificar nuestros pecados, siempre cuidando la salud y la integridad física de los miembros comprometidos.
En conclusión, estas prácticas de mortificación de los sentidos, no son necesariamente agradables, pues implican una renuncia a la comodidad o al placer, en los que el hombre de hoy está sumergido. El espíritu que nos mueve es purificar por los propios pecados y por los de la humanidad. Ninguna de estas prácticas atenta contra la salud, ni la pone en riesgo. Muchos santos se sometieron a ejercicios ascéticos mucho más fuertes, y la Iglesia los propone como ejemplos a imitar.



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La vida ascetica no es nada sencilla, pero el amor todo lo logra, espero que nuestro amor pueda ser tan grande para renunciar con alegria a todas nuestras comodidades. Toda obra grande exige sacrificio y que mejor que luchar por la obra de Dios (como lo hace un atleta por una medalla de oro).