¿Voluntad de Dios o voluntad del hombre?

El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, fue dotado de cuerpo, alma y entendimiento. Como si fuera poco, se le dio el libre albedrío para escoger entre el bien y el mal. Por eso, como ser inteligente y libre, el hombre es capaz de tomar decisiones y lo hace continuamente. En cada cosa que el hombre hace, piensa o dice, toma una decisión, aunque no esté consciente de ello. (Si se levanta o se queda sentado; si come o deja de comer; si camina a la derecha o a la izquierda, etc.). En fin, estamos continuamente tomando decisiones y, cada una de ellas, tendrá sus propias consecuencias. Cada vez que escogemos algo, usamos nuestra inteligencia para analizar y dirigir nuestra voluntad hacia lo que vamos a hacer. Esta es una condición exclusiva del hombre, porque el alma está dotada de tres facultades:
1ª Memoria – recuerda los beneficios recibidos de Dios.
2ª Inteligencia – tiende a buscar la verdad.
3ª Voluntad – elige el bien para llevarlo a cabo.
La voluntad es la facultad del alma, por la que el hombre escoge o rechaza algo que se presenta a su entendimiento. Podríamos decir, entonces, que todo el obrar del hombre depende, en última instancia, del uso que haga de su voluntad. A esa voluntad, le podríamos llamar “voluntad del hombre” o del “yo”. Por encima y antes que la voluntad del hombre, ha existido siempre la Voluntad Suprema de Dios, que es la que ha creado, ordenado, gobernado y permitido todo lo que existe ahora y desde siempre. Al principio, sólo existía esa Suprema Voluntad y todas las demás voluntades estaban adheridas y conformes a ella. Por la rebelión de los ángeles dirigidos por Luzbel, el más bello y más poderoso de todos, surgió otra voluntad: ese “yo” que se enfrentó a la Voluntad Suprema de Dios. Luzbel, al mirarse a sí mismo, quiso ser más bello y poderoso que Dios y le dijo: “No serviré”. Es el origen del primer enfrentamiento de otra voluntad contra la de Dios. Es el surgimiento del primer “yo”. Y todos sabemos cuál fue el resultado de esta rebeldía, pues nadie puede vencer a Dios. Lucifer fue expulsado de la presencia de Dios a las tinieblas eternas. Este será el destino de cualquier otra voluntad que se oponga la Voluntad Suprema de Dios.
Cuando Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, lo hace con el fin de que compartiera su gloria con Él. Lo dotó de todo lo que necesitaba para ser feliz en el Paraíso y Satanás, que sabe que nunca podrá compartir esa gloria, decide atacar a Dios por medio del hombre, arrebatándole la gracia santificante y engañándolo para seguir sus mismos pasos, enfrentándolo a Dios. Él sabe que no puede derrotar, ni destruir a Dios; pero sí intenta destruir su creación: al hombre.
Entonces, el hombre se encuentra en la disyuntiva de escoger entre hacer la Voluntad de Dios, o enfrentarse a ella y escuchar a la serpiente. El hombre, haciendo uso de su inteligencia y de su voluntad, decide escuchar al demonio y no hacer la Voluntad del Padre. Entonces cae y en su caída, pierde toda la felicidad y todos los privilegios que había recibido de Dios, sin méritos de su parte. Se enfrenta, entonces, al estado de muerte que le acarreó seguir la voluntad del demonio.
Desde entonces, la historia se repite día a día. En todo nuestro obrar, usamos nuestra libertad para escoger: hacer la Voluntad de Dios o enfrentarnos a ella y hacer nuestra propia voluntad, movida por la del demonio.
La Santísima Virgen del Rosario, en su segundo mensaje, nos advierte: “Dos caminos se abrirán ante éstas: destrucción y construcción, derrota y victoria.” Hemos visto cómo el plan de Dios es que el hombre, que salió de sus manos, regrese a Él y comparta la vida eterna. Para esto, debemos seguir la trayectoria trazada por el Padre y vivida por nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios hecho Hombre.
San Pablo nos dice: “Es la Voluntad de Dios que se santifiquen.” (1 Tes. 4, 3)  Quiere decir que, para llegar al Padre, tenemos que llegar a ser santos. El mismo Cristo nos lo indicó: “Sean perfectos, como Mi Padre que está en el Cielo es Perfecto.” (Mt. 5, 48).
Hemos visto como haciendo la Voluntad de Dios, llegaremos a ser santos. Pero ¿cómo reconocer la Voluntad de Dios y diferenciarla de la nuestra? Más aún, ¿cómo reconocer la voluntad del demonio? La Voluntad de Dios, que es Espíritu Purísimo, está movida y centrada en el espíritu siempre. Por tanto, la Voluntad de Dios nos moverá a la negación de nosotros mismos, nos invitará al sacrificio y dará frutos de paz, de gracia y de virtud siempre.
Cristo mismo nos lo dice en el Evangelio, como condición para seguirlo: “El que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.” (Mt. 16, 24)  Como primera condición, pone la negación a nosotros mismos, la negación del “yo”. Este es el primer obstáculo que tenemos para llevar a cabo la Voluntad de Dios. Ese “yo”, que tuvo su origen en el mismo demonio y que, desde entonces, trata de hacer su voluntad, en vez de la de Dios. Tenemos, pues, que estar alerta e identificar todas esas manifestaciones de nuestro “yo” en todo lo que queremos, pensamos y hacemos que, como hemos visto, conlleva el uso de nuestra propia voluntad.
En otras palabras, estar atentos para que nuestro obrar esté siempre conforme a la Voluntad de Dios y no a la voluntad del “yo”. A estas dos fuerzas o voluntades se enfrenta el hombre continuamente. Es la lucha entre el bien y el mal; porque al “yo” lo influyen tres enemigos: el mundo, el demonio y la carne.
El demonio tienta a los hombres de mil maneras. Prefiere tentar a aquellos que están caminando hacia la santidad, que a los que no les interesa. La voluntad del demonio está movida y centrada en la carne y buscará la propia satisfacción. Sus frutos serán el desorden, la inquietud, el pecado y la muerte. Por eso, decimos que el pecado es la muerte del alma y no es otra cosa que hacer lo contrario a la Voluntad de Dios. Esta es la mejor manera de identificar cuál será la Voluntad de Dios y cuál la del demonio. La de Dios nos lleva a la negación, a la renuncia y al sacrificio y sus consecuencias son la paz, la gracia y la virtud. La del demonio nos empuja a la satisfacción de la carne y sus consecuencias son el desorden, la inquietud, el pecado. Esto quiere decir, que tendremos que escoger entre la satisfacción y el sacrificio.
La carne rechaza el sacrificio y busca el placer; el espíritu, en cambio, busca la negación y abraza el sacrificio. A Dios lo encontraremos siempre en el sacrificio. Él mismo se hizo sacrificio perfecto al abrazar la muerte de cruz y ha querido permanecer entre nosotros en el Sacramento de Amor: la Eucaristía, sacrificio y sacramento a la vez.
Muchas veces, el “yo” se presenta de una manera muy sutil y no abiertamente opuesto a Dios. Algunas de estas formas sutiles son: el sentimentalismo, el humanismo y el conocimiento. El sentimentalismo podríamos traducirlo por la expresión “pobrecito”, tan característico del mexicano o el "ay bendito" del  puertorriqueño. En ocasiones, rechazamos el sacrificio por compasión o pena y no permitimos que la gracia nos alcance, cuando conlleva sacrificio. Esto es lo que quiere el demonio: alejarnos de la gracia y de las virtudes. Por esto, la Santísima Virgen del Rosario nos dice en su 2° mensaje: “el sufrimiento será necesario, la oración y el sacrificio serán mandatorios.”
¡Cuántas veces hemos dejado de corregir o reprender a un hijo por ese falso sentimentalismo y humanismo, de no herir sus sentimientos y su amor propio! En cambio, preferimos herir a Dios. Claramente, este es otro engaño del demonio.
Otra manifestación sutil, es ese falso humanismo de compadecer la miseria y el dolor humano. Está muy bien que nos conmueva ver el hambre y la enfermedad y debemos tratar de remediarlo, en la medida de nuestras posibilidades; pero tenemos que estar conscientes que esos seres humanos que están sufriendo, sufren a causa del egoísmo del hombre, no por Dios. Esos seres humanos que están sufriendo tienen un alma que, en última instancia, es lo más importante y que, muchas veces, ese sufrimiento les ganará el Reino de los Cielos, como justicia de Dios.
Los seres humanos tienen un alma que hay que salvar y, quizás, ese sufrimiento los acerca a Dios. “¿De qué le vale al hombre ganar el mundo, si al final pierde su alma, que es eterna?” (Mt. 16, 26)
Entonces, el primer paso para poder cumplir fielmente la Voluntad de Dios es aplastar nuestro ““yo””, que nos lleva al egoísmo, al placer, a la comodidad y satisfacción. En otras palabras, nos lleva a escogernos a nosotros mismos y a rechazar a Dios y a los demás.
Cristo fue el mejor modelo, en el cumplimiento de la Voluntad de Dios: “No he venido para hacer Mi Voluntad, sino la de Mi Padre.” (Jn. 6, 38).  En la agonía en el huerto, abraza una vez más la Sagrada Voluntad del Padre: “Padre mío, si es posible, aleja de Mí este cáliz; mas no se haga Mi Voluntad, sino la Tuya.”(Lc. 22, 42) Cristo siempre fue libre para cumplir la Voluntad de su Padre; en cambio, los hombres tenemos muchas ataduras que debemos romper, si queremos alcanzar la verdadera libertad de los hijos de Dios. Un ejemplo contundente de esto fue el de la Santísima Virgen, que con su “hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1, 38) proclamó que, para Ella, lo primero fue siempre hacer la Voluntad de Dios y, por eso, fue la llena de gracia y de virtudes.
En su mensaje, la Santísima Virgen del Rosario del Pozo nos invita al crecimiento espiritual y nos pide, insistentemente, que vivamos en sus virtudes. Ella nos promete las gracias necesarias para que, tomados de su mano, sigamos por el camino de la santidad, que consiste en cumplir la Voluntad de Dios para retornar al Padre.
Los hombres nos podemos comparar con una vasija que está llena de defectos y de virtudes. En la medida que las virtudes van aumentando, van ocupando el espacio y empujando fuera los defectos. Quiere decir que, el medio más eficaz de sacar fuera nuestros pecados y defectos, es llevando a cabo una vida conforme a la Voluntad de Dios, que no es otra cosa que vivir en las virtudes.
María Santísima nos invita a que llenemos nuestra vasija con la gracia de Dios, viviendo en sus virtudes y llevemos una vida de santidad, de acuerdo a la Voluntad de Dios. Si nos negamos a nosotros mismos y abrazamos el sacrificio y la oración, lograremos ese crecimiento espiritual que Ella nos viene a proponer. Tomemos su mano y, a imitación suya, hagamos nuestra la Voluntad de Dios y, así, alcanzaremos la Plenitud y retornaremos, finalmente, al Padre.


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3 Responses »

  1. FELICIDADES A TODO EL EQUIPO QUE TRABAJA INCANSABLEMENTE EN ESTA HERMOSA PAGINA, QUE NOS AYUDA HA ENRIQUECER NUESTRA VIDA ESPIRITUAL Y FORTALECE NUESTRA FE EN LA PURISIMA DEL POZO QUE CADA DIA NOS ACERCA MAS A SU HIJO JESUS.
    LES DESEO A TODOS EN ESTE AÑO 2009 QUE SUS PALABRAS, SUS PENSAMIENTOS, SUS OBRAS Y HASTA SU RESPIRACION, TENGAN EL SELLO " SOY DE JESUS Y LA VIRGEN ES MI MADRE".
    AHORA CUANDO EL "NO SERVIRE" DE SATANAS HA SIDO TAN FECUNDO, CON RENOVADO AMOR Y ENTREGA GENEROSA DIGAMOS A DIOS TE SERVIRE, TE SERE FIEL...
    FELIZ AÑO.

  2. Voluntad del hombre o Voluntad Divina". Todo el articulo es interesante, y quisiera resaltar estas citas biblicas:
    “No he venido para hacer Mi Voluntad, sino la de Mi Padre.” (Jn. 6, 38).
    “Padre mío, si es posible, aleja de Mí este cáliz; mas no se haga Mi Voluntad, sino la Tuya.”(Lc. 22, 42).

    Si, tengo libre albedrio, pero quisiera que esta libertad me lleve a cada dia decirle al Creador, hagase tu Voluntad asi en la tierra como en el cielo. No se haga mi voluntad, sino la tuya.....
    Fiat, siempre....

  3. EL ARTÍCULO ME PARECE BIEN MÁS PIENSO QUE ES CORRECTO ACLARAR QUE NO HABLA DEL "YO" QUE NOS DEFINE COMO HOMBRE EN SÍ MISMOS, SINO DEL "YO MORAL" POR EL CUAL EL HOMBRE RIGE SU CONDUCTA CONDICIONADA POR LAS INCLINACIONES HACIA LAS COSAS DEL MUNDO Y POR LAS CUALES TIENE POSIBILIDAD, EL HOMBRE, DE ELEGIR ANTE ESTAS HACIENDO EL BIEN O PREFIRIENDO EL MAL.