Epifanía… "¡Venimos a adorarle!"
En estos días, en que cientos y miles de familias esperamos la festividad de los Reyes Magos, es importante hacer un pequeño espacio para meditar en tan trascendental y profunda enseñanza: este hecho histórico significó la manifestación al mundo del Dios hecho Hombre. Epifanía significa, pues, “manifestación al mundo”.
El evangelio de San Mateo nos narra este momento con claridad y sencillez: “Unos magos, que venían de Oriente, llegaron a Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el rey de los judíos recién nacido? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarle” Mt 1,1-2
La tradición nos enseña que eran personajes sabios, conocedores de los signos del cielo y que provenían de diferentes lugares de Oriente. Sin embargo, lo realmente importante es que estos hombres, de gran relevancia en sus lugares de origen, emprendieron un largo viaje inspirados y guiados por la estrella, por la luz que descubrieron y en la que se manifestaba el nacimiento del Rey de los Judíos. En el trayecto emprendido seguramente enfrentaron grandes pruebas, adversidades propias de la geografía y del clima, incomprensiones de los suyos, pero en su corazón y en su mente estaba clara la meta: llegar a adorar al Rey que había nacido. Nada ni nadie los detuvo en su propósito.
Este ejemplo de FE es, sin duda, un momento de exquisita reflexión, especialmente para nuestros días. El camino que emprendieron estos seres fue un camino de fe y, por tanto, un camino lleno de sacrificios y sufrimientos; pero se abandonaron confiadamente en el signo de la estrella que les concedió luz, claridad para seguir sin descanso, a pesar de las adversidades. Al salir de su patria fue solo la estrella brillante en el cielo; pero una vez que abandonaron todo, la luz se manifestó con mayor intensidad hasta que se transformó en el mismo sol. Mientras los Magos estaban en Persia —escribe San Juan Crisóstomo— no veían sino una estrella; pero cuando abandonaron su patria, vieron al mismo Sol de Justicia. Se puede decir que no hubieran continuado viendo la estrella, si hubiesen permanecido en su país. Ese sol de luz, que es el mismo Jesús, al que adoraron en la persona del niño recostado en el pesebre.
En estos tiempos, Dios nos ha provisto de una Luz intensa, hermosa, para seguir nuestro camino al encuentro del Señor, del Rey; esa Luz es la Santísima Virgen María, la misma Madre de Jesús, que desea con ferviente amor que encontremos, adoremos y sirvamos a su Amado Hijo, en espíritu y en verdad.
El hombre de este tiempo necesita hacer un alto y ver hacia arriba para descubrir esa luz. Está metido en su egoísmo, en sus cosas, en sus tareas, ocupaciones materiales, sentimentales, temporales, que poco o nada de tiempo le dejan para los demás y, sobre todo, para Dios. No es capaz de descubrir la luz radiante, la claridad en medio de la oscuridad que nos provee la Purísima del Pozo, para alcanzar de manera perfecta al mismo Dios. Y aún descubriendo la Luz, a veces no lo mueve a dejar su “ciudad”: su comodidad, para emprender el camino hacia Jesús. Muchos han dejado de ver esa estrella y le han dado la espalda al llamado de encontrarse con el Altísimo, le han dado la espalda a Dios.
El ejemplo de estos hombres sabios, así como el de los pastores que corrieron a adorar al Niño Rey, deben movernos para vencer las adversidades que nos frenan en estos tiempos. Nos debe sacudir la conciencia para empezar, si es necesario una vez más, el camino de la conversión y de la fe. Nos debe mover para dejar el pecado y la comodidad atrás y escuchar la voz de la Purisima que, con tanta insistencia, nos advierte de los peligros inminentes que tendremos que enfrentar, de continuar en ese estado. Y así como los Reyes Magos decidieron emprender su camino, sin saber exactamente a dónde o cuándo llegarían, y se dejaron guiar por la luz en el cielo, nosotros también debemos DECIDIRNOS a emprender ese camino de FE y Esperanza, pues no vamos solos… ellos se encontraron, en algún punto de su camino y, a pesar de que la estrella se ocultó por algún tiempo cuando ya estaban cerca, su perseverancia y decisión, la fe manifestada en obras, dieron su fruto y la luz volvió a aparecer para dar, por fin, el regalo más sublime que ningún hombre pudo experimentar: contemplar la gloria de Dios en su Hijo, en el Verbo hecho carne y adorar con sencillez, junto a María y José, al Rey del Universo.
Que esta Epifanía traiga a tu corazón la firme decisión de imitar el ejemplo de los Reyes Magos, de seguir la Luz que te llevará y guiará al encuentro sublime y maravilloso con el Rey del Universo.



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