Miércoles de Ceniza – Inicio de la Cuaresma

«De la grandeza del hombre no queda, sin Dios, más que este montoncito de polvo, en un plato, a un extremo del altar, en este Miércoles de Ceniza, con el que la Iglesia nos marca en la frente como con nuestra propia substancia». (1)
miercoles-ceniza El origen de imponer la ceniza reside en la estructura de la penitencia canónica. Actualmente la liturgia conserva los elementos tradicionales que son la imposición de la ceniza y el ayuno riguroso.
En los primeros siglos se expresó con este gesto el camino cuaresmal de los "penitentes", o sea, del grupo de pecadores que querían recibir la reconciliación al final de la Cuaresma, el Jueves Santo, a las puertas de la Pascua. Vestidos con hábito penitencial y con la ceniza que ellos mismos se imponían en la cabeza, se presentaban ante la comunidad y expresaban así su conversión.
En el siglo XI, desaparecida ya la institución de los penitentes como grupo, se vio que el gesto de la ceniza era bueno para todos, y así, al comienzo de este período litúrgico, este rito se empezó a realizar para todos los cristianos, de modo que toda la comunidad se reconocía pecadora, dispuesta a emprender el camino de la conversión cuaresmal.
En la última reforma litúrgica se ha reorganizado el rito de la imposición de la ceniza de un modo más expresivo y pedagógico. Ya no se realiza al principio de la celebración o independientemente de ella, sino después de las lecturas bíblicas y de la homilía. Así la Palabra de Dios, que nos invita ese día a la conversión, es la que da contenido y sentido al gesto. (2)
Así empieza la Cuaresma, que es tiempo de penitencia, renovación interior para preparar la Pascua del Señor, con el miércoles de ceniza, día especialmente penitencial para manifestar personalmente nuestro deseo de conversión a Dios. Con el hecho de que acudamos a un templo para que nos impongan la ceniza estamos expresando humildemente y con sinceridad de corazón, que deseamos convertirnos y verdaderamente creer en el Evangelio.
Dentro de la Santa Misa se lleva a cabo la bendición e imposición de la ceniza, después de la homilía, como ya subrayamos; además, se puede hacer dentro de una celebración de la Palabra, en las comunidades que no tienen sacerdote. En Génesis 3,19 y Marcos 1,15 se inspiran las fórmulas para la imposición de la ceniza. La fórmula de bendición hace relación a la condición pecadora de quienes la recibiremos.
La ceniza simboliza la condición débil y caduca del hombre, que camina hacia la muerte; la situación pecadora del hombre. También es una oración y súplica ardiente para que el Señor acuda en nuestra ayuda. Así mismo simboliza resurrección, ya que el hombre está destinado a participar en el triunfo de Cristo.
Siguiendo una costumbre del siglo XII, la ceniza se obtiene de los ramos bendecidos el Domingo de la Pasión del Señor, del año anterior.
La ceniza es el residuo de la combustión por el fuego de las cosas o de las personas. En la primera página de la Biblia se emplea esta simbología donde leemos que “Dios formó al hombre con polvo de la tierra” (Gen 2,7). El nombre de “Adán” tiene ese significado; enseguida se le recuerda que ése es precisamente su fin: “hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho” (Gen 3,19).
Representa la conciencia de la nada, de la nulidad de la creatura con respecto al Creador, según las palabras de Abrahán: “Aunque soy polvo y ceniza, me atrevo a hablar con mi Señor” (Gen 18,27).
Ante todo esto nos debemos sentir impelidos hacia una actitud de humildad. “Humildad” viene de humus, “tierra”: “polvo y ceniza son los hombres” (Si 17,32), “todos expiran y al polvo retornan” (Sal 104,29). La ceniza también significa el sufrimiento, el luto, el arrepentimiento. Los que llevan una vida ascética mezclan a veces la ceniza con los alimentos. La ceniza bendita también se utiliza en ritos como la consagración de una iglesia.ssbenedicto-16-imponiendo-ceniza
En el momento de la imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas, el sacerdote nos recuerda las palabras del Génesis (3,19), después del pecado original: Memento homo, quia pulvis es... Acuérdate, hombre, de que eres polvo y en polvo te has de convertir.
Quiere el Señor que nos despeguemos de las cosas de la tierra para volvernos a Él, y que dejemos el pecado, que envejece y mata, y retornemos a la Fuente de la Vida y de la alegría: «Jesucristo mismo es la gracia más sublime de toda la Cuaresma. Es Él mismo quien se presenta ante nosotros en la sencillez admirable del Evangelio». (3)
Volver el corazón a Dios, convertirnos, significa estar dispuestos a poner todos los medios para vivir como Él espera que vivamos, ser sinceros con nosotros mismos, no intentar servir a dos señores (Mt.6,24), amar a Dios con toda el alma y alejar de nuestra vida cualquier pecado deliberado. Y eso, en medio de las circunstancias de trabajo, salud, familia, etc., propias de cada cual.
Jesús busca en nosotros un corazón contrito conocedor de sus faltas y pecados y dispuesto a eliminarlos. Os acordaréis de vuestros malos caminos, de vuestros días que no fueron buenos... (Ez 36,31-32). El Señor desea un dolor sincero de los pecados, que se manifestará ante todo en la Confesión sacramental, y también en pequeñas obras de mortificación y penitencia hechas por amor: «Convertirse quiere decir para nosotros buscar de nuevo el perdón y la fuerza de Dios en el Sacramento de la reconciliación y así volver a empezar siempre, avanzar cada día». (4)
Para fomentar nuestra contrición la Iglesia nos propone, en la liturgia del día de hoy, el Salmo en que el Rey David expresó su arrepentimiento y con el que tantos santos han suplicado perdón al Señor. También nos ayuda a nosotros en estos momentos de oración: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, le decimos a Jesús.
Lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra ti, contra ti solo pequé.
Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme, no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza.
El Señor nos atenderá si en el día de hoy le repetimos de corazón, a modo de jaculatoria: Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme.

1) J. Leclerq, Siguiendo el año litúrgico, Madrid 1957, p. 117
2) http://www.encuentra.com/articulos.php?id_sec=94&id_art=4001&id_ejemplar=0
3) Juan Pablo II, Homilía Miércoles de Ceniza, 28-II-1979.
4) Juan Pablo II, Carta, Novo incipiente. 8-lV-1979

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