El Adviento

advientoCon el Adviento iniciamos el Año Litúrgico. Cada año, por estas fechas, los católicos recordamos los sucesos importantes del plan de Dios para nuestra salvación siendo el primero de ellos el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo.

El Adviento es un tiempo marcado por signos especiales dentro de la liturgia. Por ser el tiempo en que el pueblo cristiano aguarda expectante la venida del Salvador, es un tiempo de marcada austeridad, vigilancia y oración. Tiempo de preparación para celebrar la fiesta de la Navidad. La preparación del Adviento, nos dispone a celebrar convenientemente el Nacimiento del Mesías y renovar la esperanza en su segunda venida al final de los tiempos, llamada Parusía.

En el Adviento se pone de manifiesto cómo todo el tiempo gira alrededor de Cristo, el mismo de  ayer, hoy y siempre; Cristo el Señor del tiempo y de la Historia!

Este es un tiempo de oración y conversión,  es la preparación moral y espiritual del hombre de hoy a la venida del Señor. Dispone al hombre, como persona, y a la comunidad humana, como sociedad, a aceptar la salvación que viene del Cristo. Jesús es el Señor que viene constantemente al hombre. Es necesario que el hombre se percate de esta realidad, para estar con el corazón abierto, listo para que entre el Señor en su vida.

El tiempo de Adviento comienza el domingo siguiente a la fiesta de Cristo Rey y termina en las vísperas de la Navidad. El color de los ornamentos del altar y la vestidura del sacerdote es el morado, igual que en Cuaresma, que simboliza austeridad y penitencia.

Así pues, nuestra actitud debe ser de expectación, la cuál se perpetúe en toda nuestra vida. Que caminemos como los pastorcitos, en plena noche, vigilantes dirigiendo nuestra mirada hacia la luz que sale de la gruta de Belén. Cuidar de no estar como dormidos para lo más esencial de nuestras vidas como lo hicieron los hombres de aquel tiempo cuando todos debieron estar a la espera del Mesías. Prepararnos para celebrar de nuevo la Navidad y que esta preparación también nos ayude a estar atentos a esas otras venidas de Dios, al final de nuestra vida y al final de los tiempos.

Con el fin de acercarnos más a Dios en este tiempo, examinemos nuestra alma para detectar a los enemigos que nos alejan de Dios, los obstáculos de nuestra vida cristiana: la concupiscencia de la carne, de los ojos y el orgullo de la vida.

«Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios... » (Is 40,3-5).

Necesitamos enderezar los caminos de nuestra vida, volvernos hacia ese Dios que viene a nosotros. Toda nuestra existencia debiera ser una constante preparación para ver al Señor, que cada vez está más cerca; el Adviento nos ayuda a recibir de manera especial la gracia de recordarlo y ejercitarnos en dicha preparación.

En su cuarto mensaje, la Virgen del Rosario del Pozo nos dice que:  “…terminaría la crisis de fe si todos los elegidos se convierten y comienzan a vivir una vida de oración intensa, dedicándose a la penitencia, sometiéndose al ayuno y abstinencia, practicando la mortificación de los sentidos y poniendo una especial atención a la participación de los Sacramentos”.  Aprovechemos este tiempo de adviento para responder al pedido de la Santísima Virgen transformando nuestras vidas, para celebrar en alegría y unidad la llegada del Mesías en esta navidad.

Debemos luchar para mantener el estado de vigilia pues nuestra tendencia es atender más a las cosas de la tierra. En este tiempo de Adviento debemos cuidar que nuestro corazón no se ofusque con la glotonería y la embriaguez, ni con los cuidados de este mundo, que no perdamos de vista la dimensión sobrenatural que deben tener nuestros actos. Todo esto lo lograremos con la oración, las pequeñas mortificaciones, el examen de conciencia que nos lleve con más amor y más contrición a acudir mejor dispuestos al Sacramento de la Misericordia Divina para participar convenientemente en la Eucaristía y que así, nuestro corazón sea un pesebre digno, puro donde pueda nacer el Niño Jesús.

Tomemos de la mano a Nuestra Madre Purísima para que, junto a Ella nuestra alma esté bien dispuesta y que al llegar el Mesías no nos encuentre dispersos en otras cosas que no tienen importancia. Así, ésta será una espera gozosa por sabernos en el camino del Señor.

Los comentarios están cerrados.