Homilía Domingo 24 de enero del 2010
III Domingo del tiempo ordinario
"Tu tienes, Señor, palabras de vida eterna.”
Hemos meditado en estos domingos los inicios de la vida pública de Jesús, inicios marcados por la manifestación de la gloria del Señor durante su bautismo y después a través de su primer milagro en la boda de Caná. En este III domingo del tiempo ordinario, el texto evangélico nos presenta la predicación inaugural de Jesús, otra manifestación ahora a sus coterráneos, los cercanos.
Jesús asiste a la sinagoga el sábado al culto semanal y le es dado un rollo, del cual lee este trozo del profeta Isaías: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”. Jesús termina la lectura con una frase “hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la escritura que acaban de oír” la salvación prometida por el profeta se realiza con el mensaje, vida y obras de Jesús.
Todo su obrar fue actualizar el mensaje de salvación y de anuncio de la Buena Nueva. ¿Cómo se actualiza este mensaje de Jesús Mesías? Hoy, Jesús viene a salvarnos del pecado, del egoísmo, de la comodidad que se ha instalado en nuestros corazones. El viene a dar la liberación, al cautivo del pecado, al hombre de la atadura del mundo del placer, a despertar a los dormidos a la vida espiritual, a salvar al hombre de la indiferencia y la perdida de fe, en fin de todo aquello que lo aleja de ser verdadero hijo de Dios.
Hoy se cumple esta escritura, el Señor nos llama a vivir en nosotros el llamado promulgando su mensaje, a ser apóstol de los tiempos. María del Rosario, nos pide promulgar este mensaje de salvación a todos los hombres, ser ejemplo de virtudes, testigos del verdadero amor, a través de la entrega a tiempo y a destiempo. Ella como madre nos invita a ser parte de este anuncio liberador.
Cristo proclama su mensaje de liberación, está en nuestras manos aceptarlo, hacerlo nuestro y vivirlo.
La segunda lectura es continuación de la carta a los corintios, que hemos empezado a leer el domingo anterior y continuaremos leyendo en domingos próximos. Una idea une el texto del domingo pasado y el de hoy: la unidad.
Múltiples son los dones, uno solo el Espíritu, y en el texto de hoy, Pablo hace la comparación de la Iglesia con un cuerpo y sus miembros. Cada miembro es diferente pero juntos forman una unidad. Ningún miembro es inútil, e incluso los más débiles son tratados con más cuidado. Cada uno de nosotros tenemos un lugar dentro de la Iglesia, cuerpo de Cristo, Dios nos ha dado una misión en particular que debemos de trabajar para bien del Cuerpo de Cristo.
La Virgen del Rosario, nos invita a trabajar por conseguir que el Reino de Dios, que el cuerpo de Cristo siga creciendo y fortaleciéndose, respondamos a su llamado.


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