El Sacerdocio, en vista de la clausura del año sacerdotal

El Año Sacerdotal que inició el 19 de junio de 2009, proclamado por el Papa Benedicto XVI como conmemoración del 150 aniversario del nacimiento a la verdadera vida del Santo Cura de Ars, será clausurado con un gran encuentro sacerdotal los días 9 al 11 de junio del 2010 en la “Ciudad Eterna” Roma.  En la clausura, el Papa proclamará patrón de todos los sacerdotes del mundo a San Juan María Vianney, un gran sacerdote francés sin grandes talentos pero que cumplió fielmente su misión de sacerdote: llevar las personas a Cristo.

Durante este año, la Iglesia ha resaltado el gran don y regalo de Dios: el sacerdocio. Es verdad que algunos sacerdotes (muy pocos) han cometido horribles y gravísimos delitos. Pero esos delitos no pueden embrutecer el entero cuerpo eclesial de los sacerdotes. En este Año Sacerdotal la Iglesia busca el modo de dignificar el ministerio sacerdotal de millones de sacerdotes, “… ellos tienen la encomienda de representar a mi Hijo en la tierra y, como cristianos, deben amarlos y ayudarlos” (frag. cuarto mensaje, Virgen del Pozo).

Cada sacerdote es un Mediador de Gracias y es la prolongación de Jesús el Sumo y Eterno Sacerdote.  Cada sacerdote está configurado a Jesús en el Espíritu, y está llamado a llegar a ser como Él, viviendo a imitación de la vida de Jesús.  “Con el Sacramento del Orden el Sacerdote se configura con Cristo Sacerdote como Ministro de la Cabeza, con la finalidad de hacer crecer y edificar a todo el Cuerpo, la Iglesia, en calidad de colaboradores del Orden Episcopal”, especifica la “Presbyterorum Ordinis” (12) del Concilio Vaticano II.

San Ignacio mártir decía que “el sacerdocio es la dignidad suprema de todas las dignidades creadas”, y san Efrén la llama “dignidad sublime”.  La dignidad del sacerdote se puede medir por los altos oficios que tiene que desempeñar.  El es el encargado de orar a Dios por los demás.  Es un intermediario entre Cristo y los hombres.  Es un embajador de Dios ante los hombres, que les atrae sus mensajes divinos.  Ofrece la santa misa, la cual vale más que todas las demás oraciones que podamos ofrecerle al Creador.  Perdona los pecados en nombre de Jesucristo. Administra los sacramentos, y cada sacramento trae enormes favores del cielo. Instruye al pueblo acerca de nuestra santa religión. Despierta las conciencias para que la gente no se duerma en sus pecados, y motiva a los fieles a amar a Dios y al prójimo a esforzarse por ganarse el cielo y salvar su alma. Estos y muchos motivos más hacen que todos debamos tener una altísima estima de la dignidad del sacerdote.

El sacerdote es “otro Cristo, el mismo Cristo”. Jesús irrumpe con su gracia de una manera especial en el sacramento del Orden, muestra una especial predilección y que ha llamado no solamente a ser sus ministros sino ser sus más íntimos amigos.  El sacerdocio es don y no un oficio u obligación, y por ello, se da una relación del todo singular con Cristo: es la relación entre un don que penetra en la vida del sacerdote, y que éste se configura de una manera especial con Él.   El corazón del sacerdocio consiste en ser amigo de Jesucristo y también en ser un verdadero hijo de María.

El Papa Benedicto XVI enfatizó la misión del sacerdote en una audiencia general el 5 de mayo del presente año: “Quisiera hablar hoy de la misión de santificar de los sacerdotes. Santificar una persona significa ponerla en contacto con Dios, con el ser de Dios que es verdad absoluta, bondad, amor y belleza. Esto no puede venir como fruto del esfuerzo del hombre, sino que es Dios mismo quien lo realiza. Parte esencial de la gracia del sacerdocio es el don y la misión de crear este contacto, que se realiza en el anuncio de la palabra de Dios y, de un modo particularmente denso, en los sacramentos. En efecto, la salvación sólo la podemos recibir de Dios, que nos atrae y obra en nosotros por medio de realidades materiales, que Él mismo ha escogido. Es preciso, pues, que los sacerdotes se dediquen con generosidad a la administración de los sacramentos, a dar a sus hermanos el tesoro de gracia que Dios ha puesto en sus manos, no como dueños, sino como servidores. Y, junto a esto, ayudar a los fieles a vivir plenamente la liturgia, el culto y los sacramentos como don divino gratuito y eficaz para la salvación.”

Se aproxima la conclusión del Año Sacerdotal, queremos dar gracias a Dios por este tiempo privilegiado de oración y de reflexión sobre el sacerdocio. Al mismo tiempo, pediremos por las nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas. Que la Purísima Virgen María, Madre y Reina de los sacerdotes, interceda por ellos y les inspire en el seguimiento fiel de su Hijo Jesucristo, Nuestro Señor.

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