¡Bendito sacerdote de Dios! Testimonio del hermano Benito Eadaein.

Soy el Hermano Benito EADAEIN. Soy de Puerto Rico y pertenezco a la comunidad de Misioneros de Cristo Sacerdote.

Yo estudiaba en un colegio católico en Puerto Rico.  La mayor parte de los estudiantes venían de familias pudientes y acomodadas.  Yo vengo de una familia pobre y sé que mis padres hicieron un sacrificio muy grande para que yo pudiera estudiar allí.  Ellos hicieron esto porque pensaban que iba a tener una mejor educación y que estaría en un ambiente seguro. Por esta razón, desde joven conocí la fe católica y recibí los sacramentos.

En la secundaria me cansé de recibir burlas y humillaciones de mis compañeros y por esto decidí ser amigo de los chicos malos.  A esa temprana edad aprendí a fumar y a tomar alcohol y cada vez que salía, más que nada por presión, tomaba y fumaba. Realmente no me gustaba tanto tomar y fumar, lo que realmente quería era sentirme diferente, sentirme importante, sentirme aceptado.

Me gradué de la preparatoria e ingresé a la universidad. Me di cuenta que los jóvenes que estaban a tono, a la moda eran los que se pasaban de pachanga, tomando, buscando chicas e incluso usando drogas. Entonces yo me metí en ese mundo y experimenté todas esas cosas que desde chico había escuchado pero que no había visto ni conocido. Tenía ese mundo de emociones y de placeres frente a mí y lo probé.  Ahora digo: si las drogas, el sexo, los vicios y placeres del mundo hacen feliz a las personas entonces este debiera ser un mundo totalmente feliz, esto debería ser el paraíso. Entonces, ¿por qué hay tanta gente deprimida? Comencé a hacerme estas preguntas. ¿Por qué tanta gente se suicida? ¿Por qué tanta gente infeliz y triste? ¿Por qué?

Ese tiempo de mi vida estuvo lleno de confusión y de depresión. No tenía claro qué quería para mi futuro, no había definición en mi vida. Pensar en la muerte me causaba tanto miedo que siempre evitaba pensar en Dios ya que sabía que andaba en muy malos pasos y que vivía en pecado mortal. En mi interior algo me decía que entregarme a Dios era una garantía de salvación.

Yo salía de pachanga de miércoles a domingo. Los lunes y los martes no salía porque no había a donde ir, no había fiestas. Hubo un semestre cuando yo entraba a clases a las cuatro de la tarde y para llegar a tiempo tenía que poner el despertador, esto debido al ritmo de amanecidas que llevaba. Este ritmo me condujo al hospital en dos ocasiones por desgaste físico. Era como si Dios me dijera: Ya, basta, es suficiente.
Luego me cambié a otra universidad más lejos de mi casa por lo que tuve que rentar un apartamento. Allí conocí una chica muy buena, nos hicimos buenos amigos y finalmente novios. La relación iba muy bien. Frecuentemente hablábamos sobre nuestro futuro y sobre casarnos. Algo que teníamos en común es que ambos queríamos hacer algo grande con nuestras vidas. También nos dimos cuenta que teníamos que acercarnos a Dios.

Entonces empecé a asistir a retiros y a ir a misa, a leer la Biblia y vidas de santos. También empecé a investigar sobre las apariciones de la Virgen en el mundo y me di cuenta que todos los mensajes de la Virgen advertían de un castigo grande si la humanidad no se convertía.

Un día ella me dijo que no podíamos seguir juntos y me dejó.  Yo le reclamé a Dios que no me la quitara, que me pusiera cualquier otra prueba pero no esa. Emocionalmente me destruí pero la fe me mantuvo firme. Empecé a buscar más que nunca de Dios y sentía que Dios me quería decir algo pero yo no entendía. Le preguntaba qué quería de mí.

Un día me invitaron a una reunión de la Virgen del Pozo y decidí ir a investigar qué había dicho la Virgen en Puerto Rico. Me sentí totalmente identificado con el mensaje. La Virgen nos enseña que el amor es igual a sacrificio, así como el amor que llevó a Cristo a la cruz, de la muerte a la Resurrección. También nos enseña que hay una vida eterna donde ya no se muere, donde no hay sufrimiento, donde Dios nos dará todo sin sufrimientos. Que la muerte es el nacimiento a la verdadera vida, una vida que es real, auténtica, palpable, que no es etérea. Que tenemos que poner a Dios como prioridad de vida, no filosóficamente sino de corazón y práctica diaria.

También la Virgen del Rosario del Pozo, en sus mensajes, pide la formación de una nueva generación de cristianos verdaderos que poniendo a Dios como prioridad de vida, con su palabra y con su ejemplo, transformen la humanidad. Sentí que eso era lo que yo andaba buscando. Sentía la necesidad de hacer algo grande por Dios ya que yo había vivido una vida tan descarriada, que no podía seguir viviendo en la mediocridad. Sentía que la Virgen quería algo de mí, que ella quería que yo formara parte de su propósito.

Cuando iba a misa me gustaba hablar con los sacerdotes porque me parecían personas que estaban muy cerca de Dios. Siempre les hacía la siguiente pregunta: “Padre, ¿usted siempre supo que quería ser sacerdote?”, pues me parecía sorprendente que alguien decidiera ser sacerdote. Excepto por uno, todos me decían que no, que al principio ellos querían tener una familia, una carrera profesional. Entonces yo pensé: “Dios, te debo todo. Si tú quieres que yo sea sacerdote y me convences de que esa es tu voluntad, sólo así, yo lo intentaré”.

Para ese tiempo, los Misioneros de Cristo Sacerdote fueron a Puerto Rico y me invitaron a  un encuentro vocacional. El retiro fue excelente, muy espiritual y muy profundo. Yo le dije a Dios que me diera una señal. Yo no sentí nada especial ni escuché voces de ángeles ni tuve visiones celestiales, por eso no estaba seguro de dar el sí aunque mi corazón me decía a gritos que tenía que ser sacerdote. Entonces pensé: “si no lo intento nunca lo sabré”. De repente me decidí a intentarlo y le dije a la Virgen: “voy a dejarlo todo, ahora tú serás mi madre”. En ese momento, al tomar la decisión me sentí muy seguro de lo que estaba haciendo, sentí una fortaleza muy grande, sentí algo indescriptible, como si María me tomara de la mano para guiar mis pasos. Me parece que esa fue la señal que le pedí a Dios, que no me la dio sino hasta después que yo mismo vencí el miedo a decir sí.

Al día siguiente dejé la universidad y dejé los dos trabajos que tenía. Dejé todo aquello que me podía atar para entregarme totalmente a Dios. Ingresé a la comunidad el 29 de junio de 2007 en Del Rio, Texas. Ese mismo año, en el mes de agosto, me cambié a México donde estuve viviendo y estudiando por dos años y medio. Allí, en la ciudad de México, hice mis promesas temporales donde tomé el hábito y tomé el nombre religioso Benito EADAEIN, que significa: bendito sacerdote de Dios.

Estoy estudiando teología y próximo a recibir las Sagradas Órdenes. Le doy gracias a Dios y a la Virgen por haberme hecho este regalo tan inmenso e inmerecido, el regalo de la vocación para ser hijo predilecto, sacerdote de Cristo.

Exhorto a todos los que han sentido que Dios los llama a no tener miedo y decir sí. Nada pierden, todo lo ganan, el ciento por uno en esta vida y la vida eterna!

1 Responses »

  1. DE LA MANO DE MARIA....GRACIAS POR SU TESTIMONIO, OJALA MUCHOS PUDIERAMOS PERDER ESE MIEDO ABSURDO Y DECIRLE SI! A DIOS Y MARIA SANTISIMA......

    DIOS LO BENDIGA