Convirtámonos en Apóstoles de los tiempos
Nuestro Señor Jesucristo, durante los últimos años que vivió sobre la tierra, se dedicó a formar y enseñar a los apóstoles. Compartió con ellos día y noche toda clase de experiencias, fortaleciéndolos, preparándolos y edificando su fe, con los milagros que realizó, pero sobre todo con sus enseñanzas y ejemplo de vida. Dejó así todas las bases sentadas, para que por la propagación del Evangelio llegara la salvación a todos los hombres de la tierra.
¡Qué bien se sentirían los apóstoles en compañía de Cristo y qué seguros estaban a su lado! Sin embargo, llegada la hora, Cristo anunció su partida y les prometió que estaría con ellos hasta la consumación de los siglos. Antes de ascender al Cielo, los envió por el mundo diciéndoles: “Id por el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará, el que no crea se condenará" (Mc 16,15). Esa es precisamente la misión y el destino de todo cristiano: ser apóstol y misionero.
Por encomienda del mismo Cristo, Nuestra Señora del Rosario, la Purísima del Pozo, nos visitó en el Pozo de Sabana Grande, para recordarnos precisamente la misión que Jesucristo dejó señalada en Su Evangelio, para todo cristiano: convertirnos en apóstoles, en apóstoles de los tiempos. Al igual que Cristo con sus apóstoles, María Santísima ha venido formándonos y preparándonos durante todos estos años. Al igual que los apóstoles con Cristo, ¡qué bien y qué seguros nos sentimos a su lado! Con su mensaje y sus enseñanzas, Ella nos ha alimentado como una madre a sus niños. Con su presencia, Ella ha ido edificando nuestra fe, derramando las gracias necesarias para convertirnos en cristianos verdaderos. Ella es modelo de virtudes. Es maestra y formadora de las verdades del Evangelio y de las enseñanzas de la Iglesia, contenidas en la profundidad de su mensaje. María Santísima también ha dejado las bases establecidas para que este mensaje que trae por encomienda de su Amadísimo Hijo, se difunda por todo el mundo, para que se logre la transformación de la humanidad.
Ya María Santísima ha puesto su pie derecho más allá del mar, donde su mensaje ha sido acogido y comienza a dar frutos para Dios. Ha llegado la hora en que María Santísima también nos envía como embajadores de la Buena Nueva de Cristo, el Evangelio, que Ella a través de estos años nos ha venido a recordar. Nos envía como esos apóstoles de los tiempos, miembros de la nueva estirpe y partícipes de su broche; para que cobijados bajo su manto y a su servicio, a través de nuestras bocas y de nuestro ejemplo, llegue el mensaje de salvación a todos los hombres de la tierra.
Nuestra Señora del Pozo ha puesto sus ojos sobre cada uno de nosotros, y nos confirma que contaremos siempre con su presencia, su protección y su gracia para que nos convirtamos en esos apóstoles de los tiempos, habitantes de su broche. Somos como un rayo de esperanza en un mundo que agoniza sin Dios.
En nuestras manos está. Si pudiéramos entender que de nosotros depende el destino de la humanidad. Es la hora y el tiempo apremia, por eso con diligencia debemos llevar este mensaje de transformación a todos nuestros amigos, familiares y conocidos, en nuestro país (o donde estemos radicados actualmente) y en el mundo.
María ha derramado sus gracias y por su parte todo está cumplido. Nos toca ahora a nosotros cumplir con la nuestra, para que se cumpla la profecía de Nuestra Señora y las generaciones no puedan ser contadas, para que Cristo pueda en plenitud reinar entre nosotros para siempre.



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