Primer Día: Jueves 23 de abril de 1953

 

El día 23 de abril de 1953, en la escuela Lola Rodríguez de Tió del Barrio Rincón de Sabana Grande, 33 niños asistían a un mismo salón de clases y se dividían en tres grupos: primero, segundo y tercer grado a cargo de la maestra Josefa Ríos. Juan Ángel Collado, de 8 años de edad, estudiaba el segundo grado.
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A las once de la mañana Juan Ángel, junto a otro compañerito, fue a un pocito cercano a buscar agua para el almuerzo. Cuenta él que mientras el otro niño sacaba agua del pozo,  él jugaba entre las piedras del manantial que corría frente al pocito. De momento escuchó a su compañerito llamarlo asustado. Cuando se acercó, el otro niño salió corriendo volteando el cubo de agua.  Vio con asombro que el agua se había llenado de muchos colores.  Entonces, se hizo un silencio muy profundo, todo estaba como paralizado, a su alrededor se formaba un arco iris reluciente y el agua cambiaba de colores. Juan quedó paralizado frente al pocito. Trató de ver de dónde procedían aquellos colores y vio una nube blanca muy cerca de él como a una distancia de 5 a 6 pies sobre la lomita. Notó que mientras la nube se iba disipando, apareció lo que él describió como una hermosa joven, suspendida en el aire, sobre una nube. Aquella joven parecía como si fuera de carne, como si fuera de hueso, como si fuera sólida y palpable.

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Del interior de toda su vestidura, de sus manos, de su rostro, y de adentro hacia fuera, salía como una luz tenue que permitía que se viera aquel rostro tan hermoso. En toda su vida jamás había visto una cara tan preciosa como aquella, con sus ojos color castaño, sus mejillas sonrosadas, el color de su piel no era ni oscuro ni pálido, sino que era más o menos como es el color de  las mujeres puertorriqueñas. Tenía una sonrisa entre sus labios.

Sobre su cabeza tenía un manto azul y entre sus manos un rosario. Era tan hermosa, que además del manto azul, traía sobre su cabeza una corona de siete estrellas; una estrella grande al frente, tres al lado derecho y tres al lado izquierdo. Vestía una túnica blanca y un broche que la abotonaba. Entre sus manos llevaba un rosario y ajustaba su traje blanco una correa. Entre sus pies calzaba unas sandalias. Su vestimenta constaba de 7 prendas de vestir.

Nunca supo cuánto tiempo estuvo ante la presencia de aquella joven tan hermosa. De momento desapareció y cuándo desapareció salió corriendo hacia la escuelita. Llevaba una felicidad, una paz tan y tan profunda, que en toda su vida no había sentido una paz tan profunda como aquella. Pero a la vez llevaba un anhelo, un deseo de comunicárselo a alguien. Cuando se acercó a la escuelita, no se atrevió decírselo a la maestra ni a la señora del comedor, pero se lo dijo a sus compañeritos de clase, niños de siete, ocho,  nueve y de diez años. Esa tarde, cuando terminó las clases, salió para su casa. Llevaba una alegría profunda. Esa noche la pasó con un anhelo inmenso de que llegara el próximo día.

Luego de esta aparición del día 23 de abril y según los niños dieron testimonio, la Virgen estuvo apareciendo diariamente por espacio de 33 días que terminaron el 25 de mayo cuando unas 170,000 personas se reunieron en el lugar y ocurrió el milagro del sol. Ella dejo siete (7) mensajes secretos al niño Juan Ángel, quien debería revelarlos públicamente, según las indicaciones que la Virgen le dejara para cada mensaje.

A los pocos días, el pueblo de Sabana Grande se había convertido de súbito en el punto más concurrido y de más importancia de todo Puerto Rico. Tanto la población como el Barrio Rincón se semejaban a un hormiguero humano. La llegada de toda clase de vehículos procedentes de todos los pueblos de la Isla a la población de Sabana Grande era enorme, tanto durante el día como por la noche.